-¡Marisa!, ¡Marisa!, ¡Marisa!, repetía revolviéndose en las sábanas.
-¡Obdulio!, estoy aquí.
-No, yo soy Marisa.
-Calma, ya paso.
-Marisa, soy Marisa. Esta mañana fui a tu trabajo y me senté en tu mesa. Incluso comencé a trabajar, cuando vino tu jefe y me dijo “¿qué hace usted aquí?” Y yo conteste “mi trabajo”. “Pero si usted no trabaja aquí”. Entonces caí en la cuenta de que me había confundido y que llevaba tus zapatos puestos. Creo que soy tu. He dejado de fumar, como tú. Ya no me gusta el cine negro, ni las películas de vaqueros. Soy tú, Marisa, soy tu, no paro de hacer las cosas como tu las harías...
-Pero Obdulio eso son tonterías, es sólo que ya llevamos un tiempo viviendo juntos y esas cosas pasan.
-Pues no quiero que pasen ¿dónde está Obdulio?
-Yo soy ahora Obdulio, no te preocupes, me gusta ser Obdulio. También me pongo a veces tus prendas. No he llegado a ir a tu trabajo pero el otro día me vi de camino al Bar que tú sueles ir, rectifique porque tenía que ir a correos, pero acabaré haciendo lo que tú haces y no por ello soy infeliz.
-¿pero qué estás diciendo?
-Así son las cosas, yo soy Obdulio.
-Noooo, yo no quiero ser Marisa. Vete. Vete de mi cama. Me contagias, me llenas de tu mal.
-Yo te quiero Obdulio, es sólo eso.
-Vete, estás loca, esto no se hace, esto... esto... me estas robando la vida.
-Claro, en eso consiste, tranquilízate y vuélvete a dormir. Le beso en la frente y se recostó de nuevo en la cama. Al día siguiente, Obdulio había desaparecido y Marisa sabía que no volvería Obdulio, si acaso, Marisa o Mateo o Andrés...
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jueves, 18 de marzo de 2010
miércoles, 24 de febrero de 2010
La moral de una cucaracha o el amante dictador
El señor Gregorio Samsa alcanzaba ya el medio siglo y, como siempre, recostado en su sillón. Después del trabajo, la sola idea de deambular por la ciudad o dedicarse a cualquier tipo de actividad lúdica le producía verdaderas náuseas. Una tarde, allí sentado con un libro entre las manos un pequeño ruido le hizo distraerse. Parecía el sonido del paso de algún insecto de tamaño considerable. Rastreo la casa y dio con el bicho que pululaba por allí; una cucaracha de largos bigotes. Así le pareció, que realmente tenía bigotes y una cara la mar de simpática. Le calló tan en gracia la cucaracha que se la quedó. Taponó todas las rendijas de las paredes y las esquinas por las que la cucaracha pudiera escaparse y le dio la bienvenida a su hogar. Para no andarse tuteándola la puso de nombre Kafka. La trataba de maravilla, cada día después del trabajo se entretenía buscándola por la casa y alimentándola con manjares, cuyo valor el parásito no comprendía pero aceptaba de muy buena gana. Al tiempo, empezó a pensar que su amigo tenía demasiada libertad, había días que no aparecía o que se metía en su cama y eso, a un hombre que llevaba toda la vida siendo rey y señor de su hogar, no le parecía un buen comportamiento. Así que decidió encerrarla en una cajita de cartón, bien acomodada y precintada para tenerla siempre a la vista. Cuando llegaba a casa la alimentaba y se divertía observándola. Para su desgracia, una tarde, descubrió que la cucaracha se había escapado de su casita. Esto enfureció bastante al señor Samsa y se puso a buscarla con mucho ahínco. La buscó hasta que anocheció y una vez rendido y solo de nuevo en su sillón, la vio aparecer por la puerta. La cucaracha se acercó a él con cariño, él se levantó y desde su altura observó como la cucaracha se alegraba de verle revoloteando alrededor de sus pies. Le pareció tan feliz este ser, feliz gracias a sus cuidados, claro, que una bilis negra de odio le hizo envidiar con todas sus fuerzas la felicidad de semejante insecto repulsivo. Sabiéndose poseedor de esta felicidad, levantó la punta del pie derecho según la cucaracha se acercaba a él y la pisó. La piso con amor, con detenimiento y placer mientras oía el crujir de su cuerpecito bajo la suela de su zapato, hasta que la mató.
jueves, 11 de febrero de 2010
YO
-¡Sam! ¡Abre la puerta! ¡Sam!¡Sam!
Apenas oyó los primeros golpes, abrió los ojos de súbito, aún dormido. Sus ojos aparecieron estallados en sangre, injertados en un rostro amarillento. Mientras seguía oyendo su nombre golpeando tras la puerta de la calle, la sangre comenzó a fluir agitada. Un respingo le sentó en la cama. Ya en esta postura, despertó completamente y todas las alarmas que debían haberse encendido en sueños se arrojaron a su cuerpo impulsándole con odio y miedo hacia la puerta.
-¿Quién es? Susurró, pensando que tal vez si el que estaba al otro lado de la puerta no le oía desistiría y se marcharía. Pensamiento estúpido después de, aunque tímidamente, haberse hecho oír.
-Soy yo, ábreme, tengo algo que decirte.
-¿Quién es? ¿Quién anda ahí a estas horas? Se atrevió con el enfado desechando el miedo.
-Soy yo, Sam, por favor ábreme.
-No sé quien es yo ¿Quién es yo?
-Yo. Venga ábreme, luego te lo explicaré, ahora no puedo andar gritando. Abre.
-Será mejor que se vaya, no le conozco y no recibo visitas en mitad de la noche.
-Pero Sam ¿no lo entiendes? Tienes que abrirme... Comenzaba a ablandarse.
-No. Y márchese ya o llamaré a la policía.
-Sam soy yo... y aún puso la mano sobre la puerta como si algún tipo de magia pudiera hacer que se abriese con suavidad y llegar, por fin, a decir todo lo que tenía que decir.
-No te abro. Me vuelvo a la cama, no sé quién es usted pero no me transmite ninguna confianza. Caminó hasta la puerta de la habitación pronunciando sus paso para que pudieran ser oídos por aquel que le interpelaba. Después volvió sigilosamente hasta la puerta y comprobó que “yo” se había ido.
Apenas oyó los primeros golpes, abrió los ojos de súbito, aún dormido. Sus ojos aparecieron estallados en sangre, injertados en un rostro amarillento. Mientras seguía oyendo su nombre golpeando tras la puerta de la calle, la sangre comenzó a fluir agitada. Un respingo le sentó en la cama. Ya en esta postura, despertó completamente y todas las alarmas que debían haberse encendido en sueños se arrojaron a su cuerpo impulsándole con odio y miedo hacia la puerta.
-¿Quién es? Susurró, pensando que tal vez si el que estaba al otro lado de la puerta no le oía desistiría y se marcharía. Pensamiento estúpido después de, aunque tímidamente, haberse hecho oír.
-Soy yo, ábreme, tengo algo que decirte.
-¿Quién es? ¿Quién anda ahí a estas horas? Se atrevió con el enfado desechando el miedo.
-Soy yo, Sam, por favor ábreme.
-No sé quien es yo ¿Quién es yo?
-Yo. Venga ábreme, luego te lo explicaré, ahora no puedo andar gritando. Abre.
-Será mejor que se vaya, no le conozco y no recibo visitas en mitad de la noche.
-Pero Sam ¿no lo entiendes? Tienes que abrirme... Comenzaba a ablandarse.
-No. Y márchese ya o llamaré a la policía.
-Sam soy yo... y aún puso la mano sobre la puerta como si algún tipo de magia pudiera hacer que se abriese con suavidad y llegar, por fin, a decir todo lo que tenía que decir.
-No te abro. Me vuelvo a la cama, no sé quién es usted pero no me transmite ninguna confianza. Caminó hasta la puerta de la habitación pronunciando sus paso para que pudieran ser oídos por aquel que le interpelaba. Después volvió sigilosamente hasta la puerta y comprobó que “yo” se había ido.
Parásito
-Le digo que alguien me odia, alguien quiere matarme y me persigue cada noche para que me muera de cansancio, de sueño...
-Tranquilícese, seguramente esos “ruidos” provienen de su inconsciente, de la voz de sus sueños, que le despierta. Hay mucha gente que habla en sueños.
-No, esto es distinto.
-Bueno, no se preocupe, le doy estas pastillas para dormir. Verá como ya no oye ningún ruido.
Pero él sabía que si, que volverían a la misma hora y no le dejarían tranquilo. No había querido informar a su médico de que, incluso, alguna noche había bajado a la casa de abajo para intentar descubrir que eran esos ruidos. Golpes, golpes en las paredes como si alguien estuviese derribando un muro, intentando abrir un agujero en la pared o en el techo o el suelo, quien sabe... el caso es que no se terminaba.
Cogió las pastillas y salió de allí. Esa tarde, sentado en el parque se acordó del hombre con la flor en la boca, no recordaba su nombre. Pero, por primera vez, comenzó a pensar en lo que le había dicho el médico; “puede que el ruido provenga de mí mismo. Una enfermedad o un trauma. Pero no, yo estoy seguro de que están en el piso de abajo”, se dijo sin perder la credibilidad en sus sentidos. “Esta noche no dormiré, me quedaré despierto hasta que los oiga”.
Así hizo y así sonaron los ruidos a la misma hora. Cogió un hacha y se dijo que no pararía hasta encontrar el origen de ese ruido. Destrozó la puerta de entrada al piso de dónde creía procedían los golpes. Entró corriendo y allí vio a un hombre que amartillaba el muro inquebrantable. El hombre se giró, le miró a los ojos y salió corriendo por la ventana que daba a la escalera de incendios. Intentó seguirle. Descendió a toda prisa. Aún corrió por la acera y se rindió a dos manzanas de su casa, tras comprobar que la silueta de aquel hombre estaba demasiado lejos para sus fuerzas.
Esa misma noche se mudó al piso de abajo y continuó el trabajo que aquel desconocido había dejado sin terminar. Aunque tampoco nunca supo si, realmente, se podía terminar.
-Tranquilícese, seguramente esos “ruidos” provienen de su inconsciente, de la voz de sus sueños, que le despierta. Hay mucha gente que habla en sueños.
-No, esto es distinto.
-Bueno, no se preocupe, le doy estas pastillas para dormir. Verá como ya no oye ningún ruido.
Pero él sabía que si, que volverían a la misma hora y no le dejarían tranquilo. No había querido informar a su médico de que, incluso, alguna noche había bajado a la casa de abajo para intentar descubrir que eran esos ruidos. Golpes, golpes en las paredes como si alguien estuviese derribando un muro, intentando abrir un agujero en la pared o en el techo o el suelo, quien sabe... el caso es que no se terminaba.
Cogió las pastillas y salió de allí. Esa tarde, sentado en el parque se acordó del hombre con la flor en la boca, no recordaba su nombre. Pero, por primera vez, comenzó a pensar en lo que le había dicho el médico; “puede que el ruido provenga de mí mismo. Una enfermedad o un trauma. Pero no, yo estoy seguro de que están en el piso de abajo”, se dijo sin perder la credibilidad en sus sentidos. “Esta noche no dormiré, me quedaré despierto hasta que los oiga”.
Así hizo y así sonaron los ruidos a la misma hora. Cogió un hacha y se dijo que no pararía hasta encontrar el origen de ese ruido. Destrozó la puerta de entrada al piso de dónde creía procedían los golpes. Entró corriendo y allí vio a un hombre que amartillaba el muro inquebrantable. El hombre se giró, le miró a los ojos y salió corriendo por la ventana que daba a la escalera de incendios. Intentó seguirle. Descendió a toda prisa. Aún corrió por la acera y se rindió a dos manzanas de su casa, tras comprobar que la silueta de aquel hombre estaba demasiado lejos para sus fuerzas.
Esa misma noche se mudó al piso de abajo y continuó el trabajo que aquel desconocido había dejado sin terminar. Aunque tampoco nunca supo si, realmente, se podía terminar.
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